Nota del autor: Este texto que publico hoy, tiene como origen el pedido que me hizo Julián, un amigo. Era para que un conocido suyo lo presente en un trabajo de literatura del colegio.
La idea "innovadora" de su profesora, era que cada alumno redactara un capítulo, y entre todos conformaran una historia completa.
El eje de la historia giraba en torno a un chico llamado Mauricio, de novio con una tal Victoria.
Para meterme un poco en el tema leí lo que escribieron los alumnos anteriores. Mi hermana de ocho años escribe mejor que esos párrafos que leí.
Igualmente no quiero criticar mucho a la gente que le imponen escribir, porque si es así, lo hacés de mala gana, y listo.
La cosa era que la historia no iba para ningún lado, y nadie le había puesto onda.
El alumno que había escrito el último capítulo antes que yo, se había jugado metiendo a una tercera en discordia: Blanca.
A pedido de Julián, metí también tema de enfermedades y suicidio latente, ya que el colegio al que pertenecía ese conocido al que le estábamos haciendo el favor creo que tenía un par de raíces religiosas o algo por el estilo.
Igualmente, después, Julián me contó que mi página del cuento fue bien recibida, así que estaba bien.
El también me sugirió el título que encabeza este fragmento de cuento, lo aprobé de una...
Me gustaría saber qué hizo el pobre alumno que tenía que seguir con la historia, después de este capítulo que van a poder leer ahora:
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"Mi mochila de adoquines en mi cajita de cristal"
Esa noche Mauricio salió al balcón de su departamento. Intentó encontrar en el silencio las respuestas que estaba buscando hace mucho. Hoy la vida le estaba dando una nueva oportunidad, una oportunidad que tenía nombre: Blanca.
Su minicomponente repetía el mismo cd de música clásica por octava vez. Mauricio solamente estaba con la mirada perdida en el cielo oscuro, vacío de estrellas.
¿Lo había beneficiado la distancia que había tomado de la gente que lo quería?. Se tapó la cara con las manos, sintiendo que estaba a punto de comenzar a llorar.
Pero no derramó ninguna lágrima, otra vez reprimía lo que estaba sintiendo, otra vez decidía no ser débil.
Aún no sabía que iba a hacer con Blanca, cómo le diría la verdad sobre Victoria. Estaba confundido, temía volver a cometer los mismos errores, tenía miedo de volver a confiar.
Odiaba volver a sentirse así, solo, sin nadie que le tendiera una mano amiga de donde aferrarse. Pero entendía que al alejarse, eso sucedería de manera inevitable.
Empezó a recordar el gran motivo por el cual había decidido alejarse de todo y todos. Salió del balcón y entró nuevamente a su departamento.
Se dirigió a su mesita de luz y abrió el último cajón. De allí sacó su cajita de roble oscuro, vació los papeles sobre la cama, pero dejó dentro un sobre blanco.
Lo miró un par de segundos, hasta que lo tomó. Leyó el nombre impreso en mayúsculas negras de un hospital privado.
Abrió el sobre y volvió a leer esas palabras que lo marcaron y cambiaron su vida de un día para el otro. Las palabras que decidieron el exilio, el alejamiento.
Lo que tenía en sus manos era el análisis médico que se había hecho hace un par de meses, que le decían que era HIV positivo.
No tuvo el valor de decírselo a nadie. Sólo a la persona que más amó: a Victoria. Por eso le había dolido tanto su partida, ya que ella lo abandonó tres días después de haberse enterado. Igualmente Mauricio siempre cuidó a Victoria, para él era lo más importante que tenía.
Temía la misma reacción en sus amigos y familiares, así que había decidido callar. Callar y conservar para sí mismo ese mortal secreto, que lo iba devorando por dentro, y causándole un dolor que nunca había sentido antes. El dolor de sentirse una persona menos, el que iba a ser ignorado o rechazado, o para peor, el que iba a recibir la lástima de todos.
Decidió callar. Y prefirió la distancia. El exilio obligado. Abandonó todo lo que quería, todo lo que había construído, sus mejores recuerdos, su vida. En esos momentos sentía que el mundo se le caía, y que no podría hacer nada al respecto, se sentía condenado y solo.
Lo que lo mantenía en pie en ese entonces era el amor de Victoria. Pero nunca imaginó lo que sucedería.
Tiró el sobre y el papel sobre la cama, junto a los otros. Se quedó quieto, pensando. Lo empezaba a invadir una sensación oscura, que ya había experimentado antes, pero esta vez lo sentía con mucha más fuerza.
Se encaminó hacia la cocina. Sus ojos se desviaron hacia los cuchillos que tenía sobre la mesa. Tomó el más grande, y se dirigió hasta la puerta del baño.
Respiró profundamente y entró. Varias escenas de su vida se le fueron atravesando por la mente. La voz suave de Victoria que le decía "te amo", la hermosa mirada de ojos color miel de Blanca...
Empezó a acercar el filo del cuchillo hacia su muñeca del brazo izquierdo. Mauricio pensaba que tal vez ya no tenía salida, que todo se debía terminar ya, de la manera más rápida posible.
Sonó el teléfono. Reiteradas veces, hasta que se activó la contestadora.
Una dulce voz dijo: "Hola, Mauri. Que lástima que ya estés dormido, te llamaba para decirte que no veo la hora de conocer a toda tu familia, que deben ser tan buenas personas, como lo sos vos. Gracias por confiar en mí como lo estás haciendo. Te mando un besito y que sueñes cosas lindas..."
Mauricio lanzó el cuchillo lo más lejos que pudo, y esta vez dejó caer las lágrimas.
FIN
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